Mientras que el consumo de alcohol de riesgo descendía durante el primer confinamiento, lo cual venía a demostrar el importante papel de los factores ambientales en la prevención del consumo excesivo de alcohol, el consumo de analgésicos aumentó en casi un 25% y concretamente el paracetamol sobrepasó el 40% de aumento.
El caso del paracetamol puede deberse a la información que desaconsejaba el uso de otros analgésicos en caso de Covid, por lo que quizás se hizo cierto acopio en prevención de posibles contagios hasta que se detectó esta tendencia y se buscaron formas de contenerla. Sin embargo los datos respecto a los analgésicos en general deben ser analizados más cautelosamente. Estas cifras podrían explicarse por una falta de atención médica debida al miedo de los pacientes a contagiarse al utilizar los servicios sanitarios pero también a la incidencia del estrés y la ansiedad sobre el dolor, especialmente sobre el dolor crónico. En este sentido se pueden relacionar estos datos con las cifras de consumo de ansiolíticos y antidepresivos: entre un 10 y un 15% de aumento respecto a antes del confinamiento.
El miedo al contagio y la incertidumbre por la situación social y económica han sido los principales generadores del aumento de casos de estrés y ansiedad pero también los conflictos de convivencia derivados del confinamiento, la sensación de aislamiento, etc. La situaciones emocionalmente complicadas tienen una demostrada incidencia negativa tanto en el sistema inmunitario como en el dolor crónico, lo que explicaría el aumento en el consumo de ansiolíticos a la par que de analgésicos.
Simultáneamente, los pacientes con dolor crónico que visitaron menos las consultas médicas por miedo al contagio también han tenido que recurrir a la farmacología para controlar un dolor que de otro modo sería tratado por medios menos invasivos en las clínicas y unidades del dolor.