Un primer cambio relativamente fácil de llevar a cabo es tratar de mantener el orden cotidiano y evitar los imprevistos. La sensación de tenerlo todo (o todo lo que sea posible) bajo control provoca una reacción del organismo exactamente contraria a la que provoca el estrés.

Nos puede ayudar en este sentido una buena planificación horaria, un reparto de tareas efectivo, alarmas que nos ayuden a terminar nuestras obligaciones a tiempo, mantener el control sobre nuestra economía, etc. Esto nos ayudará a evitar (o al menos reducir) los imprevistos que nos producen estrés y nos permitirá además encontrar pequeños momentos para relajarnos. Con sólo dos ratitos de 20 minutos cada día que podamos relajarnos, desconectar de las preocupaciones y hacer actividades placenteras y tranquilas, es suficiente tiempo para provocar una mejora sustancial en el control del estrés.

Algunas actividades recomendadas para estos momentos diarios de relajación son el yoga, la meditación, la práctica de la respiración diafragmática, etc. En definitiva, debemos buscar actividades que disminuyan el ritmo cardíaco, que relajen la respiración, que no nos hagan segregar hormonas como el cortisol.

Seguir una dieta equilibrada y hacer ejercicio regularmente en función de nuestra forma física nos ayudará en este objetivo.

Terapias alternativas o integrales

Determinadas terapias no incluidas en la cartera de salud pública ni usuales en la medicina “tradicional”, como los masajes o determinados tratamientos contra el dolor, pueden formar parte de manera muy efectiva en esa reducción del binomio estrés-dolor.

Finalmente, confía solo en terapias que estén supervisadas por médicos y sigue siempre el consejo de un facultativo antes de seguir una dieta, empezar un nuevo ejercicio físico o haciendo cualquier actividad que pueda suponer un riesgo para tu salud.