Tipos de estrés

En ocasiones el estrés proviene de hechos positivos y agradables, como un ascenso en el trabajo, una nueva casa, tener un hijo, ganar un premio o hacer al fin ese viaje exótico que hemos preparado largo tiempo atrás. En esos momentos nos sentimos bien. Sin embargo, no deja de producirse en nuestro organismo una respuesta física similar a la que se produce ante un peligro inminente. La diferencia es que estos suelen ser hechos esporádicos, sobre todo aquellos de más envergadura y que por lo tanto producen una mayor respuesta fisiológica. Por ello, producen respuestas aisladas que el organismo está preparado para gestionar.

El problema es cuando convivimos a diario con el estrés, a veces sin ser totalmente conscientes de ello o desconociendo hasta qué punto estamos poniendo en peligro nuestra salud física y mental.

En el caso específico de personas con dolores crónicos, este estrés sostenido en el tiempo puede empeorar significativamente las dolencias.

Controlar el estrés

El primer paso para reducir el estrés de nuestras vidas es identificar su origen: debemos analizar nuestro día a día y pensar si puede haber situaciones familiares o en nuestro trabajo que nos están provocando excesivas preocupaciones, o quizás debemos identificar conductas propias o reacciones insanas ante hechos cotidianos como conducir, tratar con determinadas personas, asistir a ciertos eventos, etc.

En segundo lugar debemos diferenciar cuáles de esas situaciones son evitables o podemos cambiar nuestra conducta ante ellas, y cuáles no.

Basta con que, para empezar, nos concentremos en algunas de ellas, las que sean más fáciles de evitar o modificar. Con sólo un poco que reduzcamos nuestro estrés nos encontraremos mucho mejor y, a menudo, el efecto es acumulativo: situaciones continuadas de estrés hacen que nuestra respuesta sea cada vez más exagerada y así seamos cada vez más vulnerables.

También mentalmente, el exceso de estrés hace que nos centremos más en los aspectos negativos de nuestra vida, lo que a su vez aumenta la respuesta de estrés, provocando una espiral difícil de contener que termina en un organismo más débil y con más propensión al dolor, la enfermedad y el aislamiento social. Al revés, centrar la atención en aspectos positivos nos relaja física y mentalmente.