Si sufrimos dolor crónico podemos reducirlo esforzándonos por llevar una vida más sana, lo que incluye una alimentación saludable y un ejercicio físico adecuado, ambos bajo el consejo de nuestros médicos.

Del mismo modo debemos controlar nuestros niveles de estrés, que afectan no sólo al estado de ánimo, y por lo tanto a cómo percibimos nuestras dolencias, sino también al propio bienestar.

Las situaciones de estrés provocan una respuesta física


El organismo responde ante situaciones que identifica como peligrosas de una manera contundente, inmediata y autónoma, esto es: no podemos controlarla racionalmente. El cuerpo segrega una serie de hormonas, aumenta el ritmo cardíaco, la respiración se acelera, los músculos se tensan, se incrementa el sudor… y todo ocurre en un instante y sin que podamos evitarlo.

Esto sucede porque biológicamente estamos programados para identificar riesgos y que nuestro cuerpo pueda prepararse físicamente para resolver de la manera que sea necesario ese peligro que nos amenaza. Esta respuesta física nos proporciona el estado de alerta necesario para escapar o la fuerza física para defendernos; nos hace actuar de manera decidida y rápida.

Sin embargo, biológicamente solo estamos preparados para que esto suceda de vez en cuando y no para vivir en un estado permanente de alerta. Por ello, cuando estamos a diario soportando altos niveles de estrés nuestro organismo sufre físicamente, pues tiene un funcionamiento constante que sólo debería tener en momentos puntuales.

Reacciones físicas dañinas a largo plazo

Por ejemplo, una hormona que se segrega en momentos de estrés es el cortisol. Esta hormona es necesaria para proporcionar energía rápida al cerebro para que este tome decisiones muy rápidamente ante un peligro inminente pero esa energía es glucosa y un exceso constante de ella en nuestra sangre es dañino para nuestra salud.

El exceso de cortisol podría también alterar el sistema inmune, dañar el sistema digestivo o la fertilidad, entre otros.

Un sistema inmune alterado puede exponernos a más infecciones y dificultar la lucha contra ellas o provocar alergias, asma, etc. Todo ello es claramente perjudicial para nuestra salud.

Del mismo modo, un ritmo cardíaco elevado constantemente o una alta presión arterial sabemos que también son peligrosos para la salud de nuestro corazón.

Todo esto puede también generar dolor o aumentar la sensación de dolor que suframos por alguna enfermedad o lesión crónica. Por ello, debemos esforzarnos en identificar el estrés en nuestra vida cotidiana y tratar de limitarlo al mínimo necesario para la supervivencia.