Sabemos que el dolor, independientemente de la causa física (si la hay), se genera en el cerebro siempre y la pregunta universal es: ¿y si pudiera no sentir dolor? La creencia popular inmediata es que así mejoraría nuestra calidad de vida. Y sin embargo, nada más lejos de la realidad.

El dolor puede salvarnos la vida.

El dolor es la alarma natural de nuestro organismo. Sentir dolor ante una determinada experiencia nos enseña a evitarla en el futuro. De igual manera, nos alerta para tomar medidas inmediatas ante un peligro.

Es un recurso absolutamente imprescindible para la supervivencia y la propia naturaleza nos lo demuestra: existen algunos individuos con un defecto congénito que hace que no sientan dolor alguno y lejos de ser más felices o tener más calidad de vida la mayoría fallecen en la primera infancia por lesiones no tratadas o enfermedades no diagnosticadas ya que, al no sentir dolor, no reciben tratamiento o éste es demasiado tardío.

Pensemos que, aunque hay otras muchas señales de que algo falla en nuestro organismo (fiebre, hemorragias, dificultad de movimiento, mareos, etc.) a veces el dolor es la única señal de que algo va mal.

Como dice un antiguo proverbio muy popular en medicina: El dolor es el perro guardían de la salud.